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Juan Roberto Zavala

Una de las maravillas del mundo antiguo La Biblioteca de Alejandría

Por Juan Roberto Zavala
Aunque las colecciones privadas de libros empiezan a aparecer hacia el siglo IV a. C., como la de Pisístrato, tirano de Atenas, que por primera vez recogió y copió la obra de Homero, poniendo su biblioteca a disposición de los atenienses, o la de Aristóteles, que fue la primera organizada metódicamente; la de Perseo, rey de Macedonia, y la de Demóstenes, de quien se afirma que copiaba los libros de su puño y letra; por esa misma época se empiezan a establecer las primeras bibliotecas públicas. Atenas y Corinto, por ejemplo, contaban con buenas bibliotecas. Rodas era, dice don Alfonso Reyes, un centro librero de importancia, y de ahí procede un catálogo donde abundan las obras de política y de retórica. Éfeso parece haber contado también con librería y biblioteca.

 CENTRO DEL SABER Y DE LA CULTURA HELÉNICAS
De entre ellas, la más famosa y la considerada como una de las maravillas del mundo antiguo fue la de Alejandría, fundada entre los años 320 y 280 a. C. por los primeros Ptolomeos, como depositaria y centro del saber y la cultura helénica, y lugar a donde médicos, geógrafos, poetas, filósofos, matemáticos y filólogos acudían en busca de conocimientos y respuesta a sus preguntas.

La biblioteca se inició con la fundación del famosísimo Museo por Ptolomeo I Sóter, primer faraón de la estirpe de los Lágidas, como “Lugar de las musas, hijas de la diosa de la memoria”, y en él se cultivaron todas las ciencias. Se supone que fue su hijo Ptolomeo II, Filadelfo, quien construyó e inició la formación de la biblioteca, con la idea de unir el estudio de las ciencias y la conservación de los textos que las contenían. Ambos, museo y biblioteca, estaban cerca del mar, en el barrio de Bruquión, y formaban parte del complejo palaciego, junto con un observatorio astronómico, un jardín botánico y un zoológico. Este complejo constaba de una galería cubierta y una construcción semicircular con bancas corridas, donde los lectores y visitantes podían sentarse o caminar mientras leían, meditaban o conversaban. La biblioteca tenía 10 grandes piezas o salas, cada una dedicada a una disciplina diferente

ACERVO DE 700 MIL VOLÚMENES
Según Aulio Gelio, para el año 47 a. C., en que Julio César se apoderó de Alejandría, quemándose buena parte del acervo en el combate, la biblioteca tenia 700 mil volúmenes, con ejemplares repetidos de varias obras y contenía la mayoría de la
producción escrita de la antigüedad. Para don Alfonso Reyes, arriba citado, esta cifra no es exagerada, si se considera, primero, que ahí se custodiaba toda la literatura griega, de la que hoy sólo poseemos una pequeña parte, y que las dimensiones de los rollos de papiro eran relativamente pequeñas, pues sólo Homero, con sus dos grandes epopeyas, se llevaba unos 24 volúmenes.

LAS COPIAS MÁS EXACTAS DEL MUNDO

Es de mencionar que, aunque la biblioteca tenía catálogo y estaba a disposición de todo aquél que la quisiera utilizar, los libros eran caros, pues cada uno se copiaba a mano. Sin embargo, a decir de Carl Sagan, la biblioteca tenía las copias más exactas del mundo, y el arte de la edición crítica se inventó ahí. Ejemplo de ello es que nosotros conocemos el Antiguo Testamento por las traducciones griegas hechas en la Biblioteca de Alejandría. Buena parte de su desarrollo se debe a lo acertado de los nombramientos de sus bibliotecarios, como Demetrio de Falera, invitado por el primer Ptolomeo, y otros notables hombres de ciencias y letras de la antigüedad, como Aristófanes y Apolonio. Su interés y el de las autoridades de la ciudad por aumentar el acervo los empujaba a obtener materiales escritos de todo el mundo conocido. Célebre es el hecho de que todo barco que atracaba en el puerto de Alejandría era revisado para copiar los rollos que llevara.

PRECURSORA DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
Pero la institución -a decir de J. Tomás Nogales, de la Universidad Carlos III de Madrid- no se limitaba a ser depositaria de estas obras, sino que impulsaba y financiaba la investigación científica, con lo que se generaban nuevos conocimientos. Un grupo de eruditos, sostenidos con fondos de la colectividad, trabajaba en ella explorando la física, la literatura, la astronomía, la geografía, las matemáticas, la biología y la ingeniería. En un momento de su historia el museo y la biblioteca reunieron más de cien sabios, con sus correspondientes discípulos. Los resultados fueron asombrosos. Eratóstenes calculó con precisión el tamaño de la tierra, la cartografió, y afirmó que se podía llegar a la India navegando hacia el oeste desde España. Hiparco anticipó que las estrellas nacen, se desplazan lentamente, y al final perecen; fue el primero en catalogar las posiciones y magnitudes de las estrellas y en detectar estos cambios.

Euclides creó un texto de geometría, que sirvió durante muchos siglos. Galeno escribió obras básicas sobre la anatomía
y el arte de curar, los que dominaron la medicina hasta el Renacimiento. Además, mencionamos, entre otros muchos, a Herófilo, fisiólogo que estableció que la sede de la inteligencia es el cerebro y no el corazón; a Herón de Alejandría, inventor de cajas de engranajes y de aparatos de vapor; a Arquímedes, genio mecánico; al astrónomo y geógrafo Tolomeo, cuyo universo centrado en la tierra perduró hasta el Renacimiento, y una célebre mujer nacida en Alejandría el año 370 d.C., Hipatia, que fue matemática, astrónoma, física y jefa de la escuela neoplatónica de filosofía. Por eso se puede afirmar que la biblioteca de Alejandría es precursora de la investigación científica.

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