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Juan Roberto Zavala

Por Juan Roberto Zavala.
Aquella tarde, cuando Matusalén llegó a su casa, casi al ponerse el sol, sintiéndose agotado, se desvistió lentamente y se acostó sobre su cama. El cansancio, ya crónico, no sólo le producía una enorme fatiga al menor esfuerzo, sino que también lo hacía olvidar cosas sencillas, y lo obligaba a recordar, con nostalgia, pasajes importantes de su vida y a reflexionar sobre su propia existencia.

 Ese día pensó que Adán, su bisabuelo, el primer hombre sobre la Tierra, había vivido 930 años, y había perdido la oportunidad, y con él toda la humanidad, de vivir eternamente, y con felicidad, en el paraíso. Y trajo a la memoria a Set, su abuelo, a quien alcanzó a conocer y a querer, pues vivió 912 años, y a su padre Enoc, a quien siempre admiró por su rectitud y religiosidad. 

Pero a quienes más recordaba con cariño ese día, que, como los de las últimas dos semanas  estaba cargado de nubes y relámpagos, era a su hijo Lamec, a quien había engendrado muy joven, cuando tenía 187 años, y a su nieto Noé, al que desde hacía varios meses veía, acompañado de su familia, cortando árboles, dándole forma a una enorme arca y reuniendo en corrales a numerosas parejas de animales de todas las especies.

LENTO PASAR DEL TIEMPO

Al  recordarlos, repasaba también el número de años que había vivido, los que le parecían una eternidad, pues desde hacía un par de centurias le parecía que el tiempo fluía muy lentamente. Todos los días le parecían iguales, y las horas pasaban sin que nada lo motivara o lo ilusionara;  ni tan siquiera lo distraía.

Matusalén se preguntaba, como lo había venido haciendo durante los últimos años, si su existencia estaba ahora desprovista de sentido, pues el hastío lo había conducido a esa tristeza que tenazmente lo acompañaba y que en muchas ocasiones lo ponía al borde de la desesperación.

También se preguntaba si esa inquietud interior que tenía, esa terrible desolación, esa ansiedad por sentirse aburrido que lo afligían intensamente, era consecuencia de los numerosos años vividos. ¿Por qué Dios ha prolongado mi edad, cuando mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre vivieron menos que yo?

MENOS ESPERANZA DE VIDA

Lo que no sabía –no podía saberlo- era el hecho de que, más adelante, se reducirían drásticamente los años que vivirían los humanos en las distintas Eras, pues, para el Paleolítico Superior, la esperanza de vida media al nacer sería de 33 años, para bajar en el Neolítico a 20; incrementarse en la Edad de Bronce a 35 años; descender en la Grecia Clásica y la Antigua Roma a 28, y quedar en la Edad Media en 30.

Sobre todo, ignoraba que, a partir del siglo XIX, la humanidad lograría enormes avances, con mejoras higiénicas y sanitarias, como agua potable entubada, calles empedradas y posteriormente pavimentadas; con viviendas dignas, con piso de cemento y servicios sanitarios.

Ignoraba que con el descubrimiento de los microorganismos como agentes causales de las enfermedades, y con la creación de nuevos y efectivos medicamentos, como la penicilina en 1928, y con los métodos para la producción en masa de los fármacos, la mortalidad infantil se reduciría, y la esperanza de vida general tendría un aumento de dos años y medio cada década.

DIFERENCIAS ENTRE PAÍSES

Otros datos que desconocía, y que de haberlos sabido le agudizarían su tristeza, es que en el Siglo XXI  existirían grandes diferencias en la esperanza de vida entre los países, producto de sus niveles de riqueza y pobreza, pues habría algunos con muy bajas expectativas, como, en 2005, Zambia con 37.5 años; Malawi, con 39.7, y Sierra Leona, con 40.8, en tanto que en el mismo año, Andorra llegaría a 83.5 años; Japón, a 82, y España a 81.

Y mientras Matusalén reflexionaba sobre la vida, pensaba también –y ya la esperaba, ya la deseaba- en la certeza de su muerte. “La muerte, se decía a sí mismo, es un hecho inevitable e inexorable; de alguna forma, uno sobrevive a través de los recuerdos y a través de sus descendientes”; es decir, de lo que siglos más tarde se conocería como información genética, a través de óvulos y espermas.

Sabía también que, a la mayor parte de los hombres, la muerte les parecía algo aterrador, extraño y difícil. No era así para él, que la deseaba y estaba preparado para recibirla. “La muerte, se decía, es un resultado de la vida. Después de ella, no sólo estaré libre de angustias, de tristezas, de tedio, sino que habré cumplido con mi destino: el de mi propia muerte.

“Así, continuaba, concluirá mi ciclo individual; terminará mi paso por este mundo. Mi vida y mi muerte, como la de los demás, será entonces un eslabón más en la reproducción de la especie, pues mis rasgos, a través de mis descendientes, se prolongarán sucesivamente, a través de los siglos”.

MUERTE CELULAR

Lejos estaba Matusalén de imaginar que, en el siglo XX, se sabría  que en los humanos, como en cualquier organismo multicelular, existe un modo común de muerte celular programada, llamado apoptosis, mediante el cual, las células diseñan y ejecutan su propia muerte.

Y que, por  esa misma época, se llegaría a conocer el Ácido Desoxirribonucleico o ADN, molécula celular donde no sólo se guarda la historia y los  secretos de cada ser humano, sino que también ha permitido a nuestra especie, sobrevivir y evolucionar a las más altas manifestaciones  del arte, la ciencia, la educación, la religión e incluso el deporte.

En medio de estas reflexiones estaba Matusalén, cuando, de pronto, las pesadas nubes, que durante varias semanas habían oscurecido el cielo y saturado de humedad la atmósfera de la Tierra, dejaron caer con furia sus aguas durante 40 días y 40 noches, arrasando la faz de la tierra, pues los océanos aumentaron su tamaño y hasta las más altas montañas fueron cubiertas de agua.

Con el inicio del Diluvio Universal, como lo relata el Génesis, primer libro de la Biblia, dejó de existir el hombre más longevo sobre la Tierra, aquél que deseaba la muerte, pues para él  todos los días eran iguales. La muerte puso fin a su soledad, a su tristeza, a su hastío.

Licenciado Juan Roberto Zavala
Director de Cultura Científica - COCyTENL
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